GATO NEGRO

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Gastón Gallo deja impreso en su ópera prima que puede haber producciones nacionales con un alto nivel de puesta en escena, tanto en movimientos de cámara, fotografía, vestuarios, mueblería y escenografía. Los 30 años de historia, del personaje y del país, desde 1956 hasta fines de la década de los ochenta, son plasmados en una ambientación impecable donde está representada la historia, los ambientes y los espacios de una manera implacable. Quizás algún que otro error histórico a nivel utilería y algunos modismos y tonos en el habla de personajes en particular, pero, fuera de ellos, la producción se destaca en ese ámbito y ya nos dispone de una manera mucho mas agradable a recibir la historia. No porque toda película debe tener una gran producción, sino porque el elemento histórico, político y social es clave a lo largo de la obra y su representación es importantísima para apoyar al personaje principal que funciona como hilo conductor de los diferentes momentos por los que ha pasado la sociedad argentina en la segunda mitad del siglo XX.

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Luciano Cáceres (Serie “El Elegido”, “Rouge Amargo”, “Mujer Conejo”) interpreta a Tito Pereyra, personaje que observamos desde niño en un reformatorio, pasando por su adolescencia, madurez hasta ser un hombre de familia. Pero no es su vida en familia ni su proceso de madurez lo que aplica en este film, sino que es su proceso en búsqueda de un destino propio y diferente al cual su realidad pasada le adjudicaba. Él no quiere el futuro que su pueblo tucumano le tiene preparado, el quiere un nuevo camino, liberarse de su pasado, buscar su propio destino y, de esta forma, admiramos el proceso de “independencia” de Tito, no de los padres, sino de sus “condiciones sociales”. De esta manera vamos a ver el proceso de crecimiento personal y económico de un joven que siempre prefiere trabajar a delinquir (inmerso en un ámbito donde el delito es cuenta corriente) pero que, a medida que diferentes procesos socio políticos azotan al país, también la hacen a el cambiando su forma de ser. No en su esencia, sino en ciertos aspectos no menores, sino menos visibles.

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Un padre abandónico interpretado por el genial Lito Cruz (“El Regreso”, “El Juguete Rabioso”, “De Quién Es El Portaligas”) va a encaminar a Tito y a su hermano Claudio, interpretado por Roberto Vallejos (“El Faro”, “Plata Quemada”, “Paco”), en un camino de inocencia robada que los conducirá a cada uno a dos lugares muy diferentes. Claudio permanece en Tucumán, mantiene su trabajo, se junta con una lugareña, tiene hijos y cuida de la madre de ambos. Tito, en cambio, elije el camino de la superación laboral y económica, encontrando rápidamente un camino como vendedor y mas adelante como distribuidor que lo acercará a Elvira, interpretada por Leticia Bredice (“Nueve Reinas”, “Plata Quemada”, “Cenizas Del Paraíso”) y a un mundo lleno de lujos, dinero y favores político militares.

Cada etapa del film está representada por un momento sumamente importante para la Argentina. En su comienzo el trabajo en las azucareras que luego serán cerradas y desmanteladas, luego el cordobazo, la dictadura y la vuelta a la democracia. En todos estos procesos Tito tendrá relaciones con lo socio político y económico pero no desde un lugar de militancia o rebeldía, sino de mera y pura adaptación empresarial.

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Las destacadas imágenes, movimientos de cámara interesantes, travellings pocas veces vistos en el cine argentino, secuencias de montaje ricas en contenido, la coordinación de la puesta de cámara con la acción de diferentes personajes sincronizados, una cuidada paleta de colores que varía de lo pastel en el pasado a lo más saturado y brilloso en los ochentas (claramente la paleta representa a cada etapa), la dirección de arte que impacta en su contenido y representación; el sonido que aprovecha la mezcla 5.1 (aunque a veces de una manera errónea ya que confunde los planos y nos pierde del punto de vista auditivo que deberíamos tener), y el juego con los fuera de campo y el off se contrasta con lo más flojo del film, algunas actuaciones como la de Fabio Posca que interpreta al ex compañerito de reformatorio llamado Piraña (que pareciera que lo sacaron de Palermo Soho y lo llevaron en un viaje en el tiempo a los sesentas sin ningún tipo de adaptación), una Leticia Bredice que nos recuerda demasiado a Sharon Stone en “Casino” de Martin Scorsese y un Luciano Cáceres que interpretando a Tito pasa de un pueblerino muy poco creíble, a un joven emprendedor genial, un millonario excéntrico muy bien interpretado, cayendo en una especie de empresario mafioso machote que grita demasiado y que salió de alguna de las telenovelas que interpretó en el pasado. Ni siquiera Luis Luque logra destacarse en un papel menor pero de relevancia.

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De una impecable realización pareciera que Gallo dejó un poco de lado la dirección de actores y los dejó caer en lo estereotipado. Esto no quita de ninguna manera que un film es un todo y algunas partes de ese todo están tan bien logradas que generan un equilibrio donde lo que no nos gusta lo podemos dejar pasar sin suspirar. En fin, si este film fuera yankee muchísima gente estaría fascinada, inclusive la historia termina ahondando una cosa muy Hollywood de esto de que el que corrompe nunca puede salirse con la suya.

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Una obra para disfrutar en el cine y admirar todos los elementos de puesta en escena tan bien logrados por el equipo y llevados adelante por Gastón Gallo, de quien pareciera que vamos a tener mucho mas y mejor por venir.

JULIÁN NASSIF

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