EL CRITICO

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Existe alguna especie de fascinación, tanto de los realizadores como de los espectadores, por hacer y ver películas que cuenten o tengan que ver con la realización cinematográfica o con su análisis teórico práctico formal. “El Crítico” no escapa de esta atracción y muestra un lado poca veces visto dentro de la industria cinematográfica. Ese lado que siempre leemos y hasta algunos acatan como autoridad máxima, el del crítico de cine. Personaje y persona tan criticado por varios sectores como alabado por algunos pocos otros. Quién suele leer medio gráficos o portales web que tienen que ver con actualidad siempre presta especial atención y otorga gran relevancia a lo que los diferentes “críticos” opinan sobre las obras. De alguna manera u otra, este oficio puede llegar a generar, inclusive hoy en día, que una película sea exitosa o no. Obviamente no importa solamente el crítico sino la maquinaria que mueva el medio donde desarrolla su labor.

 

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Este oficio tantas veces criticado y catalogado de cineasta frustrado, o hasta de algo bastante más hiriente, resulta inmensamente atractivo para desarrollar una historia asociada. Descubrir el mundo del crítico se vuelve algo llamativo, no solo para todos aquellos que lo desconocen, sino también para quienes están impregnados y quieran observar una brillante descripción y catalogación de la fauna de butacas.

La opera prima de Hernán Guerschuny nos muestra la vida de un conocido crítico de cine porteño que desarrolla su labor en un diario minimamente reconocido de la Argentina. Su día a día ya desprende una comicidad atractiva, al menos para quien estuvo alguna vez cerca de los cines, festivales y accesorios.

 

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Victor Telles, interpretado por Rafael Spregelburd (“El Hombre De Al Lado”, “Días De Vinilo”) es soltero, está en busca de un departamento que le agrade mientras aguanta en una especie de habitación atormentada y acosada por mueblería envuelta, cajas de mudanza y golpeteos de una obra lindante que constantemente nos invade, nos recuerda a la vida cotidiana y nos eleva a una tensión que absorbemos nosotros, mas no el personaje. Un hombre que en unas pocas imágenes describe su personalidad. Alguien que se para en una cima mientras arruina y despedaza cierto tipo de films, particularmente la del género comedia romántica, pero a la vez consume productos que parecerían buscar aparentar aquello que no es. Toma vino medio pelo, consume cigarritos tipo “Cafe Creme” y come queso mediocre cortado en cuadrados, cual típica bandejita de supermercado chino.

 

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Su día a día, que se basa en observar junto a otros críticos diferentes películas, luego ir al mismo café a sentarse y criticarlas en conjunto; una especie de acercamiento a su sobrina adolescente (quien en muchos casos se burla de su oficio aunque insiste en construir una relación más fuerte), se ven rotos por dos elementos claves de la obra. Primero, la aparición de un joven realizador que jura venganza luego de que Víctor destruyera en una crítica un film que le había llevado cinco años realizar; segundo, la aparición de Sofía, una cautivante joven extranjera interpretada por Dolores Fonzi (“Plata Quemada”, “Caja Negra”, “El Aura”, “El Fondo Del Mar”), en el medio de su búsqueda por inmuebles atractivos. Estos dos disparadores llevaran a un rotundo cambio en la vida de Víctor, pero no un cambio bello o claramente positivo, sino, casi su colmo, que su vida pase a convertirse al calco de una típica película de comedia romántica estadounidense. El amor de una joven que pronto volverá a su Madrid natal y el peligro latente y constante que representa el acecho de aquel cineasta vuelven inmerso a nuestro protagonista en una serie de enredos amorosos y profesionales que llevaran a la historia a parecerse explícitamente a todo ese tipo de films de colectivo de larga distancia.

 

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Lo destacado, además de una historia super entretenida que nos hará reír gratamente en varios momentos, es la búsqueda formal o técnica que lleva adelante la obra. Aquí es donde la mano de Hernán Guerschuny, tanto en su dirección como escritura, se hace presente y llama la atención. Apenas inicia escuchamos una voz en off en francés, es la voz de Víctor, que se reconoce como si misma y que aclara que habla en francés porque le parece mucho más atractivo que si lo hiciera en español, que aparenta un cuestión más chata y aburrida. Ya con este guiño sabemos que la diégesis no abarca solo la historia de la película en si, sino también su realización. Y esto se ve marcado en diferentes fundamentos y elementos. Toda la voz en off es una especie de crítica suya a lo que le va sucediendo en la vida. Lo que el personaje piensa se manifiesta en la voz en off, apartándose de las acciones “reales” que ejecuta. Va narrando la historia, criticándola, analizando su estructura, parodiando a los personajes que la integran y sumándole esta cosa pomposa que aporta una locución en francés. Porque, además, también aporta a este mundo cinéfilo y nos recuerda a ciertas películas de los sesentas francesas. Hay un juego y un guiño constante con el conocedor del cine, pero, por suerte, no es excluyente. Bazin, Carriere, Griffith, Einsestein, todos teóricos y/o realizadores están nombrados y citados. Cada elemento que compone su vida debe formarse en una composición perfecta, los cafés en una mesa, el salero, una vela, etc.

 

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La estructura de diferentes tipos de guiones y películas está explicada de una manera brillante, tanto en palabras cuando se refiere a, por ejemplo, que “las películas deberían empezar después del beso, esa es la vida realmente”; como también sobre imágenes cuando describe la estructura y núcleo dramático de una comedia romántica sobre imágenes de típicas películas norteamericanas de aquel género. Sobre todo el film la realización cinematográfica está presentada, analizada y explícitamente mostrada, tanto en todos aquellos elementos, como en la representación constante del “obturador” con puertas vaivén como con ventanas de tren. Los tipos de historia que se pueden contar en el cine son muy pocas, menos aún los finales, aunque la gente siempre pide que no se le cuente el final. Los finales posibles son 3: el completamente positivo, que es un tanto irreal, el pesimista que es una desastre comercial y el inconcluso o final abierto. Esta descripción del cine así como la cita de la moraleja de “La rana y el escorpión”, utilizada recurrentemente en el cine, especialmente adaptada con exactitud a los personajes de Orson Welles, son algunas de las cuestiones que analiza una película que no solo cuenta una historia, sino que estudia el cine, se analiza a si misma y se auto critica.

Se rompe el naturalismo y se acerca un paso al espectador al como se hace el cine y a, quizás, una mini clase de realización. Es la búsqueda constante de la obra, porque el crítico critica su vida, critica lo que se convierte, advierte los cambios que suceden y que están tan explícitamente plasmados (de manera intencional y cómica); como la iluminación, la cual estereotipadamente cambia de una frialdad de bajo consumo cuando el amor no está a una calidez y naranjas absolutos cuando este arriba.

 

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El sonido de a momentos se vuelve fallido, ya que los planos sonoros se encuentran demasiado separados y aparentan ser doblajes más que tomas de sonido directo. No pareciera que provienen del mismo lugar las voces y los ambientes. Esto siempre se hace por separado cuando se graba pero luego debe simular pertenecer a un mismo espacio, salvo que la discordia sonora sea intencional, con un fin narrativo o dramático. La actuación de Rafael Spregelburd es impecable, tan buena que de a momentos opaca a una Dolores Fonzi (Sofía) que no sabemos si su malísimo acento español/argentino deviene de algo que se nombra en el film o de una pésima actuación temporal.

Cada elemento está pensado y muy prolijamente realizado. Los movimientos de cámara, la iluminación, la estructura del guión, denotan un gran conocimiento cinematográfico tanto para construir la sucesión de imágenes como para demostrar un estudio histórico. Los personajes típicos de los diferentes críticos de cine son desopilantes y el robo de facturas y atolondramiento de café de las funciones privadas recuerdan a más de un crítico de la vida real. En fin, una película que entretiene a cualquiera pero que, además de su excelente producción y dirección, aporta el mundo del cine a quienes no están inmersos en él, y deleita a todos aquellos que sí lo están. Es como regocijarse en eso que tantos hacemos y de lo que hablamos y escribimos, a partir de cobijarnos con más de aquello.

 

JULIÁN NASSIF

 

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