EL MUERTO Y EL SER FELIZ

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Apenas inicia “El Muerto y Ser Feliz” escuchamos a una gallega que nos empieza a comentar todo lo que va sucediendo, me refiero a una voz en off. Instantáneamente recordé a “La Conversación” del gran Francis Ford en uno de sus buenos momentos, en el momento en que una cámara va recorriendo una plaza, mientras la gallega describe lo que pasa, hasta que llegamos a nuestro protagonista, Santos, interpretado por José Sancristán. El habla con una joven y apuesta enfermera, al menos eso nos comenta la gallega, al cual Santos le quiere ver las tetas, esta se niega y con una sonrisa procede a llevarlo al Hospital de Clínicas para administrarle una de sus necesitadas dosis de morfina. Santos tiene cáncer, tiene cánceres, plural.

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Santos es un español que por alguna razón está en la Argentina, en Buenos Aires. Recorremos junto a el, algunos diferentes rincones a lo largo de la ciudad, algunos conocidos, otros no. La voz en off, que desde el inicio me generó cierta irritación por su humor básico y pésimo, comienza a gustarme, me acostumbré quizás, o será que me empezó a parecer graciosa.

La gallega no solo raconta lo que explícitamente sucede, sino también aporta su tinte histórico y cultural al relato. Describe despectivamente ciertos lugares de Buenos Aires como copias berretas de París… de alguna manera Buenos Aires, aunque hermosa en tantos aspectos, es una copia berreta de París en tantos otros.

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Santos es un mercenario, un asesino a sueldo, pero que aparentemente ya no asesina. Acepta trabajos, va hasta el domicilio de la víctima pero se enfrenta con armas sin balas. Quizás es esa la metáfora. Aceptando su muerte, Santos inicia un gran último viaje hacia el norte de la Argentina. Santa Fe, Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Salta. Junto a él, una joven, Érika, interpretada por Roxana Blanco, no tan joven, que no entendemos mucho que es lo que hace con el ni el porque de su compañía. Pero ella acompaña y ayuda a Santos con sus dolores, administrándole morfina. Santos también quiere ver las tetas de Erika. Ah! Además Santos es perseguido por un hombre de anteojos de muchas dioptrías y ojos pequeñitos que le encomendó un trabajo que nunca hizo. O al menos eso cree Santos, o al menos eso nos dice la gallega… o.. no se…

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Si, todo es una bizarreada. Pero una bizarreada bastante lógica. Un último viaje, la “road movie”, no es típica, pero si llamativa. Toda película de este estilo en realidad es una metáfora de una especie de camino o transformación que lleva adelante su protagonista. Nada más que en este caso la Nouvelle Vague parecería haberse metido en el medio y cambiado todo. Las constantes rupturas del raconto, el quiebre constante del “naturalismo”, con el sonido intervenido, con momentos en que lo que suena no es lo que “debería” escucharse, o los niveles no son los que “deberían” ser. Todo suena con rupturas. Todo está trastocado. De repente estamos escuchando una conversación y ella desaparece para escuchar el sonido del motor y el escape del viejo Ford Falcon que Santos y Erika manejan. De repente aparece música, de repente silencio, de repente no hay sonido. De repente lo que se viene hablando se mezcla con un pensamiento, con la gallega o con lo que sea.

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En la imagen sucede lo mismo. Javier Rebollo, junto a la fotografía de Santiago Racaj, llevan adelante un film que no condice nada con el naturalismo hollywoodense. Una obra que rompe con todas las estructuras del cine “clásico” y/o “moderno”. Una película que no estamos acostumbrados a ver, mucho menos en un cine de una cadena importante a nivel internacional.

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Interesante es también este recorrido por la Argentina y como el director español, Rebollo, logra retratar de una manera acertada toda aquella Argentina olvidada. Pero no la abandonada por la desaparición del tren, sino aquella que trajo la autopista. La pareja no irá nunca por autopista, utilizará siempre las viejas rutas del “intrincado” sistema de carreteras argentino que rondan antiguos y olvidados balnearios, desolados paradores ruteros estilo yankee de los años setentas y pueblos con atracciones turísticas que han sido abandonado por las familias y jóvenes para ser dedicados exclusivamente aquellos de la tercera edad. De a momentos ciertas críticas nos lastiman nuestro corazoncito argentino y nos duelen en el orgullo. Pero análisis sociales vinculadas con el paso del tiempo y el abandono son acertadas y están muy bien construidas.

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Los genios de Godard, Glauber Rocha, Andrade y Pereyra Dos Santos se me vinieron a la cabeza a los minutos de comenzado el film. Me refresqué, sentí de vuelta aquello que había sentido cuando vi las películas de la Nouvelle Vague y el Cinema Novo brasileño. Me sorprendió gratamente que un film nuevo, por más que sea del año 2012 y recién ahora se estrene en Argentina, tenga estas características. Me tele transportó aquella era que no tuve la suerte de vivir, pero si pude indagar a través de su arte. Ni hablar que la película está realmente “filmada”, ya que lo está sobre un soporte Kodak 16 mm con todo su querido grano, aunque, lamentablemente, la proyección es en digital. Muchas opiniones serán diferentes a la mía seguramente, pero me llenó de alegría ver algo así en un cine comercial como el de hoy. Que bueno que no hay que ir a una caja de zapatos o a un festival de nicho para seguir viendo estas cosas.

JULIÁN NASSIF

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2 thoughts on “EL MUERTO Y EL SER FELIZ

  1. Pingback: ADIEU AU LANGAGE (Adiós al lenguaje) | Cinematografia

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