FORCE MAJEURE, LA TRAICIÓN DEL INSTINTO

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Una familia tipo. Nieve. Mucha, polvorosa, espléndida, liviana y pura nieve. Los alpes franceses. Vivaldi. Mucho Vivaldi. “Las Cuatro Estaciones”, “L’estate”. L’estate significa verano en italiano. Y desde allí parte todo. Escuchar el movimiento “Verano” de “Las Cuatro Estaciones” de Vivaldi mientras vemos majestuosas montañas cubiertas de infinita nieve ya plantea el contrapunto.

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Esta familia se hospeda en un lujoso hotel del centro de esquí “Les Arcs” en Savoie, Francia, mientras que los días los dedica al más suave y fluido esquí familiar. Los dos bellos hijos y sus padres comparten todo, hasta la cepillada de dientes nocturna los cuatro juntos en el baño. Duermen juntos desde la visión más amorosa de la familia, los cuatro en la cama con sus ropajes invernales.

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Todo cambia cuando, en una de las típicas actividades del esquí turístico, como el almuerzo en una bella confitería con una aún más bella vista en la cima de la montaña, es aproximada por una avalancha. El dinamitado de las grandes capas de nieve, mediante un sofisticado sistema, figuran constantemente, tanto a nivel visual como sonoro. Una de ellas es la que provoca una avalancha que aparenta ser controlada pero que peligrosamente se avecina a la confitería. Todos gritan y corren, así también lo hace Tomas, interpretado por Johannes Kuhnke, pero no su mujer, Ebba, interpretada por Lisa Loven Kongsli, quien en su espíritu proteccionista se queda junto a sus hijos. El que ella se quede protegiendo y el junte su Iphone, guantes y salga al trote es lo que dispara el conflicto de la película.

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A partir de allí una lucha de figuras paternas, léase madre y padre, son las que apuntalarán a la pareja, la cual lucha a través de todo el film por este conflicto. “Por que saliste corriendo y fui yo la que me quedé junto a los niños” recriminará Ebba, y más aún, “Por que ni siquiera lo reconoces.” Tomas se niega a la visión de su mujer y habla de diferentes perspectivas sobre lo sucedido. Cabe lugar también a plantear sobre lo que puede generar el instinto de supervivencia y como puede traicionar los valores familiares, donde se decide huir al permanecer. De allí la bajada aquí en la Argentina de su título: “La traición del instinto”.

La lucha de Tomas por retomar, o al menos alcanzar, la figura patriarcal en la familia es lo que lo atormentará y lo que generará los pequeños plots del film. La lucha de poderes por la autoridad dentro del espacio familiar estará en velo constantemente, ahondando sobre el lugar que en muchísimos casos ocupa la mujer, por más que sean características socialmente adjudicadas al hombre.

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La figura de la mujer, de la madre sobrepasando al “padre protector y proveedor”, junto a debates casuales sobre la monogamia y como aquellas fricciones conyugales afectan emocionalmente a los hijos serán repasadas más de una vez a lo largo de la obra. La completa vulnerabilidad de la autoridad socialmente adjudicada al hombre está a flor de piel. La fortaleza femenina también.

Todo este análisis decanta de un conflicto que pareciera ser muy simple, aun no menos profundo. Ruben Östlund consigue retratar todo aquello en una diégesis más efectiva que lo que podría ser un departamento de cualquier ciudad o una casa con un bello jardín de algún suburbio citadino. La ridiculez que se desprende de algo hermoso, pero no por ello menos elitista como un gran centro de esquí, sirve como un efectivo mundo contenedor del drama.

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Aquellos que no hayan vivido la experiencia de esquiar, practicar snowboard o disfrutar de los medios de elevación y transporte de una gran montaña en invierno podrán tener una experiencia, sobre todo lo que se perdieron, pierden o hasta quizás nunca conocerán. Lo interesante es que no hay una mirada profundamente crítica sobre un “status” social. Aparece como algo naturalizado, pero no por ello algunas secuencias dejan de impregnarnos de una sensación alienante de la “construcción tecnológica humana”, o mejor dicho, de todas esas cosas que se desarrollan en lugares que mucha gente prácticamente no imagina.

Aún así, todo esto no nos transmite una visión negativa o criticona, sino que la belleza de los paisajes, las increíbles sensaciones transmitidas de lo que es el esquiar, sus sonidos, la hermosa caída de nieve, el sonido de la misma, las imponentes vistas nocturnas de aquellos inmensos cordones montañosos y la abismal distancia entre ellas el mínimo ser humano, nos llevan a delirar en un silencioso y preciso cuasi documental.

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Aquella mirada, contemplativa, espectante, pasiva, sirve como un magnífico contrapunto para las molestias que más de una situación generará. Incomodidad ajena es lo que destilan varias acciones. Tanto por aquellos personajes dentro del film que las sufren, como nosotros, que sufrimos la que sufren los otros personajes y las que nuestra propia experiencia nos aporta. Incómodo, originalmente perturbador pero a su vez delicioso, es el sentimiento creado. Así como es “Verano” en la más hermosa espectacular nieve.

JULIÁN NASSIF

 

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