EL PATRÓN, RADIOGRAFÍA DE UN CRIMEN

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Desde el comienzo sabemos que el personaje de Joaquín Furriel ha cometido un delito o se lo acusa de haberlo hecho. Sospechamos que un homicidio. Estamos dentro del Palacio de Tribunales. Allí vemos a Marcelo, interpretado por Guillermo Pfening, el abogado de buen pasar que acaba de tener una hija con su mujer y que quiere que uno de los jueces apure una extradición que necesita. Nora, la secretaria del juzgado, interpretada por Andrea Garrote, con la cual el siempre coquetea, le dice que para apurar esa extradición el debe hacerle un favor y llevar adelante la defensa del personaje de Joaquín Furriel, al cual el vio al pasar, y del que Nora le comentará que es un pobre tipo santiageño que está en una pésima situación, sumado a que el defensor oficial que le correspondía nunca apareció. Marcelo,a duras penas, acepta darle un vistazo. Después de la primer entrevista con el personaje de Furriel, detecta que debe ayudarlo.

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Flashback. Vemos al personaje de Joaquín Furriel en un pasado cercano, trabajando como ayudante en una carnicería que podría ser de algún barrio de la Capital Federal. Aquí nos enteramos su nombre, Hermogenes, al cual el dueño de la carnicería, un típico porteño corrupto, mentiroso, estafador de baja calaña que aparece de forma violenta verduguea. Latuada, interpretado por Luis Ziembrowszki. Con su menosprecio y maltrato se lo lleva a Hermógenes en su auto, llegan a destino, Latuada se calza una 9 mm en la cintura y le dice que lo acompañe, que se haga ver. Entran en una carnicería de menor categoría, maltrata a quien la atiende, le grita “paraguayo de mierda me vas a pagar” y le rompe la cara con el mango de su arma. Hermógenes “hereda” la carnicería.

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El precio de trabajar allí es el maltrato, la discriminación, el menosprecio, el descuento constante de salario, la explotación, una disimulada esclavitud. Hermógenes vivía con su mujer en una piecita en Don Orione, Claypole, segundo cordón del conurbano bonaerense. Latuada le ofrece vivir en un ambiente atrás de la carnicería, de mala muerte, ordinario, sucio, repelente. Sin embargo, con gesto de agradecimiento y entrega, él acepta y, contento arranca a trabajar con toda su fuerza. Hermógenes tiene una dentadura decadente, una pierna mala, ni un peso en el bolsillo, pero una voluntad, honestidad, sometimiento y agradecimiento brutal. Pronto tanteamos que no va a seguir así la situación durante mucho tiempo.

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El patrón, radiografía de un crimen” es justamente eso, un patrón, no un empleador, y un crimen, que desde el comienzo intuimos contra quien va a ser. La película es un ida y vuelta entre el pasado próximo y la actualidad del protagonista y su abogado. Nos va explicando porque él está preso y que fue lo que lo llevó a ello. De por si parece un film típico y conocido, y lo es, pero algo prácticamente indescriptible lo hace especial, particular, único.

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Como Sebastián Schindel logra retratar las relaciones patrón siervo que se dan tan cotidianamente en los comercios que uno accede a diario y que nadie se imuta al verlo. Las relaciones están a la vista, el opresor oprimiendo al ignorante, al necesitado, que a cambio de trabajo le quita prácticamente el alma. No solo aquello, sino el costumbrismo, los diálogos, los modismos y los tratos del típico argentino sabelotodo de ciudad, que abusa del campesino pobre en necesidad, que se aprovecha de su falta de educación y de su pesares. Pero, diciendo esto, parecería una película con tremenda moraleja o con un embolante sermón. No lo es en lo más mínimo. Equilibra la sensibilidad de Hermógenes y su mujer Gladys, interpretada por Mónica Lairana, el amor, el cariño, el vivir sin nada, con la violencia psicológica de las situaciones, la impotencia. Mientras uno observa la obra cinematográfica automáticamente siente que, sin grandes lujos, uno vive como un rey. Que la cosa es mucho mas simple. A uno hasta le da vergüenza verse a si mismo luego de ver las condiciones en las cuales viven los protagonistas.

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El retrato del funcionamiento de algunos tipos de carnicerías es brillante. La película nos deja enseñanzas de como se trata la carne en estos establecimientos, de todas las tramoyas para rescatar la carne pasada y en descomposición y, en el mejor de los casos, mezclarla con la carne buena. Los tratados con lavandina y sulfitos a la carne podrida para que no huela. La desfachatez de un “comerciante” sin escrúpulos que puede intoxicar a un barrio entero sin mosquearse.

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La desoladora interpretación de Joaquín Furriel es abrumante. Su caracterización y representación de Hermógenes es absoluta, fantástica, potente y reveladora. Demoledora. También lo es la de Guillermo Pfening, y como siempre, el tremendo y gigante Luis Ziembrovzki que siempre da en la tecla, especialmente con este tipo de roles.

Mirando el poster uno no se tienta con entrar. No le den bola, entren. No se la pierdan. Luego a donde no van a entrar es a ninguna carnicería.

Julián Nassif

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