STILL ALICE (Siempre Alice)

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Cuando veía a la gente salir de la función anterior y observaba sus caras y actitud corporal sabía que no iba a ver algo fácil. En realidad, ya lo sabía desde que vi el tráiler hace tiempo. Luego la entrega de los Oscar también afirmaron que la temática y su tratamiento iban a ser punzantes. Pero digamos que mientras escribía una reseña de otra película en mi celular, mi cabeza rotó y mis ojos se posaron pausadamente sobre aquellos cuerpos caminantes que con sus rostros descubrían parte de lo que habían visto.

Celebrity Sightings In New York City - March 20, 2014

Still Alice, dirigida y escrita por Richard Glatzer y Wash Westmoreland, basada en la novela de Lisa Genova, es un film que abarca un caso de Alzheimer hereditario en una mujer demasiado joven para sufrir del mismo. Alice, interpretada por Julianne Moore, a la edad de cincuenta años. Desde sus primeros síntomas y diagnóstico hasta sus peores momentos es lo que observamos a lo largo de la obra, donde la mirada apunta no solo a la experiencia de ella misma sino a como repercute en sus allegados, un sólido y bello matrimonio con tres hermosos y variados hijos, y como esa repercusión retro alimenta las sensaciones y sentimientos de la protagonista.

Lo que distingue el tratamiento que hace la película es, justamente, esta enfermedad. El Alzheimer no deja que nos avergoncemos constantemente o por cosas pasadas. Arrasa con el pasado, arrasa con el conocimiento y destruye el intelecto de manera constante y evolutiva. Mucho de lo que hicimos, de nuestros logros, de nuestros reconocimientos, de las metas, experiencias, desafíos, derrotas y victorias son ignoradas por el Alzheimer, son fulminadas. La vergüenza, el dolor, el desposeer, el desapego, no son voluntarios ni conscientes. La única consciencia es la inmediata, momentánea y fugaz. Todos esos sentimientos y sensaciones se dan por no poder recordar, decir o ejecutar lo que queremos. Sabemos que está allí pero no podemos alcanzar.

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Parecería que la vida es, como muchas veces se dice de forma cursi y de banal, un viaje. Un recorrido, un panorama, por todo aquello que podría ser, por todo lo que recorremos valga la redundancia. Todo aquello que acumulamos desde que nacemos, lo que vemos, lo que sentimos, tocamos y oímos se desvanece. El constante avance del cerebro por la captación, acumulación y desarrollo de conocimiento se derrite en una finitud cruel y absurda. Todo aquello que desarrollamos a lo largo de ciertos años de vida se quiebra y desaparece cuando nos acercamos a nuestros últimos. Como si no pudiéramos llevarnos a la muerte todo aquello. Como si esa experiencia no pudiera ser transmitida en la posteridad.

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La acumulación de bienes y capital es cotidiano, constante y hasta casi automático en el común hoy día, inmersos en un capitalismo global. Pero también lo es, y acá no hay diferentes ideologías ni formas, la absorción y la acumulación de experiencias. Sean sensoriales y funcionales, a cuestiones meramente físicas o de nivel emocional, como aquellas intelectuales. En ambos casos, cuando nos acercamos a la muerte, aparentemente, nada de ello vendrá con nosotros. Ni nuestros bienes capitales ni los experimentales y/o intelectuales.

Con una puesta de cámara apenas romántica en algunos casos, como ese filtro de cámara que constantemente hace que las luces altas estén difuminadas, aportando esta especia de sensación onírica que se suma a la de una cortísima profundidad de campo, buscando y efectivamente logrando llevarnos a una sensación de abstracción, de fuera de foco, que todo lo aleja, cada vez más mientras la película avanza junto a la enfermedad.

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La siempre atractiva y atrapante Kristen Stewart quien interpreta a su hija rebelde y menor, junto a un gran Alec Baldwin, que pareciera ya tener calados todos los tonos de su capacidad actoral, donde suele pegar en la nota cuando es necesario, se suman a una inmensa Julianne Moore que más que un Oscar como Mejor Actriz, deberían haberle dado cuatro.

Quien tuvo de cerca alguno de estos casos va a saber interpretar que cada mirada, cada mínimo gesto, cada pausa y silencios atinan en el blanco retratando fielmente a alguien que sufre de aquello. Quién no haya tenido un caso que lo toque de cerca creerá igual que así es en la más pura y cruel realidad.

Una película bella como devastadora, que frente a la adversidad nos hace sentir un poco que todo se termina, que somos desechables y que por eso todo minuto cuenta. Sensible, pura, dura y avasallante es este “simple” y prolijo film que constantemente acerca a las lágrimas.

Julián Nassif

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