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No valdría la pena ahondar en la trama de esta película cuando la historia en la cual está basada es conocida por todos o al menos escuchada en el día de hoy debido a la repercusión de este film. Si vale la pena dedicarle un poco más de análisis a la película que corona la obra de Pablo Trapero y lo pone en lo más alto de su carrera artística.

“El Clan” no solo raconta una de las historias policiales más escalofriantes de nuestro país, sino que lo retrata con tal compromiso cinematográfico y con un despliegue de todas las variantes y herramientas del lenguaje audiovisual que apabulla y afirma que el cine argentino está, al menos a mi consideración, en lo más alto de las últimas décadas.

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Si uno quiere ir parte por parte podría comenzar con que todo el bombo mediático y la espera que nos generó a ver este film funciona de manera ejemplar y no genera expectativas que luego no se cumplirán o decepciones frente a lo que veremos. Primero porque las escenas que vimos en trailers y teasers están modificadas en la película, ya sea por el contenido dentro de cuadro o por agregados o faltantes en el diseño sonoro, y segundo porque todo lo que esperábamos es superado.

Desde las inconmensurables actuaciones, ya en los primeros segundos de pietaje, notamos que estamos frente actores que no estamos acostumbrados a que interpreten a tamaño personaje y de la manera en que lo hacen. Peter Lanzani demuestra que es realmente un actor serio y da una clara vuelta de tuerca en su carrera al interpretar a Alejandro Puccio, el rugbier de San Isidro y Puma que se mezcla con la “créme de la créme” típica de aquel barrio siendo un laburante, y que participa con roles cada vez más claves en los “trabajitos” a los que se encarga el padre. Definitivamente las estupideces televisivas para adolescentes parecen haber quedado atrás en este actor que hemos encontrado. Más bien que Pablo Trapero ha logrado encontrar y que tan bien ha sabido dirigir junto a una bestia total de la actuación que recién hace unos años parece haber despertado, Guillermo Francella. La rompe toda. La composición de Arquímedes Puccio lo lleva a uno de los podios de la actuación en una realización precisa, acertada y medida de tamaño hijo de puta. Los pequeños gestos y lo sórdido de su accionar logran que olvidemos por completo al Francella de “Exterminators y “Los Bañeros…” para concentrarnos en un personaje híper evolucionado de aquel logrado en “El Secreto de sus ojos”. Y a un gran elenco que brilla por todas sus aristas, se le suma Lili Popovich quien en un papel secundario deslumbra en su rol de Epifanía Puccio, mujer de Arquímedes y cómplice silenciosa de tremebundos crímenes.

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Dejando de lado las interpretaciones, uno debería ir para el lado de la puesta de cámara. Una cámara en mano que no para de vibrar y recorrer una imagen que nos desespera y nos acerca y aleja al desahogo de manera constante, cíclica y agobiante, apoyando el raconto dramático y solventando una realización pulcra sumamente efectiva.

Acompañada de una paleta repleta de pasteles y de constantes bajas luces, inclusive en los exteriores diurnos, la dirección de arte interpreta y transmite una época con sus costumbres, modismos, modas y momentos históricos socio políticos claves del país en el final de la sangrienta dictadura y el comienzo de una tímida democracia en el comienzo de la década del ochenta.

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El diseño sonoro es brutal y machacante con timbres metálicos, intensidades acentuadas en momentos claves con una búsqueda precisa y dramática de la interpretación sonora que, lamentablemente, muy poco acostumbrados estamos a oír en nuestro cine. Junto a una mezcla de audio que aporta a la confusión y a la perdición interpelando capas de sonidos en contra de la funcionalidad a la cual estamos acostumbrados, conduciéndonos a través del espiral descendente dramático de la historia. Y como si algo faltara, una banda sonora musical impecable que no recuerdo de ninguna película de nuestro cine. La utilización de temas de Virus, Creedence, Los Abuelos de la Nada y tantos otros en momentos claves de la película generan un contra punto audiovisual que logra descomprimir las situaciones más sórdidas y violentas del film sin esquivar a la responsabilidad y la gravedad ética y moral de lo que observamos. Alegres y cálidas melodías de una banda sonora que de por sí es una obra de arte acompañan algunos momentos truculentos y permiten transmitir algún tipo de ironía y hasta “gracia cómplice” sin perder el respeto a las situaciones y a lo relatado.

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La expresión de un momento histórico y único de nuestro país y como aquellos actores del mismo actuaban y respondían frente a los cambios y mutaciones socio políticas y económicas es una de las tantas cosas que esta obra logra de manera efectiva y tajante, desde la complicidad de sectores políticos con los servicios de inteligencia, los secuestros y los poderes judiciales, hasta cosas tan simples como la forma de hablar y de actuar de alguno de aquellos típicos chicos bien de San Isidro que, les juro, están desarrollados de manera idéntica a la realidad. Las expresiones y la manera de contar una pequeña anécdota de uno de ellos en el film me recordó a un pequeño viaje en un auto hace no mucho tiempo atrás.

A mi gusto y mirada esta película debería funcionar como la “Relatos Salvajes” de este año pero con una identidad única, más pura y contundente, menos seriada y de una profundidad, análisis, realización e interpretación generosamente superior.

JULIÁN NASSIF

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