EL CIUDADANO ILUSTRE

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Un escritor argentino auto exiliado hace cuarenta años que vive en España escapando de Salas, el pueblo que lo vio nacer, y de su país, la Argentina. Me refiero auto exilio porque su escape no es por una persecución política, ideológica o física sino que se da a partir del alejamiento de todo eso que mamó de joven, apartarse de las cosas, gente y costumbres con las que se crió.

El protagonista, Daniel Mantovani, interpretado por un siempre impecable Oscar Martínez que cada vez destaca más sus capacidades y asciende hacia el olimpo de la actuación, es reconocido como el primer premio Nobel argentino de literatura. Aquel que se le negó a tantos talentosos escritores de nuestro país. Esto ya marca un punto de partida. Hay una particularidad en nuestro protagonista que no solo se verá retratada en la entrega de este premio sino también en el discurso de aceptación del mismo. Delata una mirada rebelde e inconformista como todo artista debe hacerlo según el estereotipo de tal.

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Ya nuevamente en España, Daniel recibe, entre una de las tantas invitaciones y reconocimientos que rechaza, una carta del municipio de su pueblo natal que lo invita al mismo para ser declarado “ciudadano ilustre” y participar de diferentes agasajos y clases maestras en diversos rincones del poblado. Tras negarse rotundamente, un ápice de curiosidad y una ráfaga de nostalgia lo abarcan por lo que decide aceptar. De esa manera, vuelve a pisar suelo argentino después de cuatro décadas, no sin mientras disfrutar de uno de los tantos “pintorescos” y accidentados cónclaves que le sucederán al llegar a su tierra.

Una vez en Salas, su pueblo, todos querrán una parte de él. Fotos, videos, autógrafos, enseñanzas y hasta su propio cuerpo. Personajes y relaciones del pasado lo rodearán en una visita que le representará más incomodidades que alegrías y que cada una de ellas funcionará como parte de un esquema que delata lo peor de la sociedad que tan bien representado y acentuado suele estar en pequeñas poblaciones como las retratadas.

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No vale la pena ahondar mucho más en la parte narrativa ya que develarían algunos elementos coloridos y, además, porque el tráiler muestra casi todo el contenido de la película desde lo argumental. El “por que” de ver este film no se centra en la historia sino en su tratamiento.

La puesta de cámara roza lo amateur así como su iluminación que durante varios lapsos del film aparenta estar realizado por personas que no conocen del oficio, buscando planos y puestas pseudo artísticas que se acercan demasiado a los clichés. Pero esto, que molesta en un inicio, va menguando una vez que empezamos a distinguir que quizás aquello es una elección y no una consecuencia. Que quizás toda la estética visual está planteada de esa forma para que empate con lo cotidiano y con lo narrado en la obra. El parentesco con la estética televisiva de los canales de lugares como puede ser Salas y con las cámaras de los aficionados comienza a resultar familiar y empezamos a traducir lentamente que eso es lo que se busca lograr.

 

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Eso de lado, cabe destacar las interpretaciones de papeles secundarios como el de Dady Brieva interpretando a Antonio, un amigo de su infancia que pasó a formar familia con quien era la novia abandonada de Daniel, Irene, la cual es interpretada por una destacable Andrea Frigerio. Brieva no se aleja de aquellos papeles costumbristas a los que nos tiene acostumbrados como bien lo logró en la tira “Gasoleros”, pero logra mantenerse ajustado en una interpretación que se conduce por lo pintoresco, de a ratos grotesco, aunque retenido en lo que hace a su bien retratado personaje que acierta constantemente en el estereotipo del tipo “bien”, de campos poseer.

Una de las pocas cosas que se pueden criticar en la construcción de este “mundo” llamado Salas es que quizás los personajes, que tan bien definidos están, caen en lugares muy comunes o estereotipados aunque pareciera que aquella era la intención de Gastón Duprat, Mariano Cohn y Andrés Duprat al dirigirla y escribirla respectivamente.

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El punto que sí genera polémica y, me parece, debería haber generado muchísimo más revuelo en los diferentes medios y análisis, es que hay un planteo discursivo político social literal donde se plantea una cultura que no sea “intervenida” por el Estado e instituciones. Una “cultura indestructible” que no necesita de nadie más que de los seres culturales que la construyan sin influencias ni subvenciones. Que aquellas personas que alientan, subvencionan o toman la cultura como herramienta o excusa política, suelen ser las más ignorantes y peligrosas. Es una declaración política que ejerce el personaje de Daniel que pareciera ser una figura para declarar lo que piensa el mismo Oscar Martínez, no como interprete sino como su propia reflexión personal. O al menos eso es lo que uno interpreta dadas las diferentes declaraciones vinculadas a la política que el actor ha dado a diferentes medios desde hace ya bastante tiempo.

Uno se pregunta viendo el film si en realidad no está asistiendo a una bajada política realizada por los autores o si aquellos solo lo plantearon como un disparador para generar cierta reflexión y/o repercusión en el espectador. Y eso es justamente una de las cosas más interesantes del film. Que genera incógnitas y cuestionamientos o empatía y aplausos dependiendo las ideologías de quienes la observen. Ya de una manera un tanto más despectiva, la obra muestra muy indirectamente y de forma sutil en uno de los planos del despacho del municipio de Salas una visión muy corta y particular del peronismo donde se muestran los cuadros de Perón y Evita como parte de la chantada, oportunismo y vulgaridad política y de un pueblo muerto y descarado. Allí sí uno interpreta que cierta mirada política está bajando y es lo que puede llegar alejar a ciertos sectores.

De cualquier manera, se vuelve una obra más que interesante de ver y genera una enorme satisfacción al provocar tantas idas y vueltas ideológicas, cuestionamientos y, quizás, discusiones que tan poco nos tiene acostumbrados el cine moderno donde todo está digerido y empaquetado.

JULIÁN NASSIF

 

 

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