LA LA LAND

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“City of stars…” Imposible no salir tarareando esta canción y que nos quede revoloteando por nuestra cabeza, inclusive cuando no sabemos la letra e inventamos palabras en inglés, luego de salir de ver La La Land. Una historia de amor de tipo “chica conoce chico” en donde ambos personajes insisten en buscar su sueño por más distante que aquel parezca en el día a día.

Enamoran estos dos bellos y dulces personajes que cantan, bailan, tocan instrumentos, sufren y disfrutan interpretados por Emma Stone y Ryan Gosling, donde el diseño de vestuario realmente enaltece la belleza física y el porte de aquellos dos actores que elevan sus interpretaciones a puntos que no habíamos visto en su carrera.

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La solidez interpretativa apilada a una puesta en escena tan esquizofrénica y estridente como sutil y contemplativa se asocian a un diseño sonoro que nunca es funcional y a una banda sonora que arranca lágrimas pero también motiva pasiones en los pasajes de lucha por mantener al jazz vivo y a la pureza de lo emotivo y sensorial, donde hasta John Legend aparece aportando su encanto carismático y musical.

Repleta de homenajes a la historia de la cinematografía y a la musical, La La Land combina estilos flirteando con el musical pero sin desapegarse de la línea de comedia romántica que se plantea a lo largo de una pequeña lista de gags y lugares comunes humorísticos tiernos y efectivos.

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Las manos reales de Gosling acarician el piano luego de tener un intenso aprendizaje del instrumento antes del rodaje y permiten que cada momento del film, que está muy asociado a la música en plano y a las canciones que el actor interpreta, sea aún más tangible y cálido generando ese vaivén emocional apoyado en una puesta de cámara de seguidillas de planos secuencia realizadas con steadycam que recorren todo rincón visual y nos recuerdan, entre otros, la obra de Gonzalez Iñarritu, manifestando la modulación sentimental de esta bella historia de amor.

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Desde un espectacular inicio que incluye un extenso plano secuencia repleto de automóviles varados en una autopista donde todos los conductores bailan hasta el final de la montaña rusa de emociones amorosas que el film promueve y ejecuta bajo una iluminación impecable, expresiva y original llevada adelante por Linus Sandgren, Damien Chazelle vuelve a imprimir su sello como autor y realizador en una obra que no solo homenajea al séptimo arte sino que afirma aquella “unión” artística que el cine plantea y lo hace despertar abruptamente del letargo al cual fue sometido el último tiempo.

JULIÁN NASSIF

 

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