“NIÑATO” – ESPACIO BAFICI 19 – COMPETENCIA OFICIAL INTERNACIONAL

Muchas veces en las artes, en este caso en el cine, las personas creen que su historia es interesante o que a alguien le importa una historia cercana a ellos o personal solo por el hecho de que a ellos les resulta relevante. La realidad, de alguna forma u otra, es que las historias tienen que tener algún que otro ingrediente que las haga “atractivas”. Esto no significa tener la formula hollywoodense ni tener que respetar siempre cierta  estructura o elementos, pero sí desarrollarlas, al menos, de forma que a alguna otra persona le resulte empático aquello que está viendo. Sino, cada uno haría películas para uno mismo y las vería encerrado en su casa, nunca las presentaría a concurso o festivales.

El BAFICI a veces resulta nuclear muchas de estas historias de personas con el grado de soberbia justa como para pensar que lo que cuentan es magistral, por más que el contenido luego no le interese a nadie realmente, por más que mucho del público que rejunta este (y otros) festival va aplaudir a ojos cerrados sin importar lo que vea por el solo hecho de pertenecer a tal mundo snob.

Pero también el BAFICI reúne obras maestras y películas bellísimas, por lo que siempre se genera esta sabor agridulce entre muchos de los espectadores que no son de “ese” ambiente. He discutido infinidad de veces sobre la calidad y la necesidad del BAFICI y sobre las cosas increíbles y maravillosas que he visto a lo largo de todos los años de su existencia. Si, también he puteado bastante.  Es ese gusto mágico de la contradicción el que tanto me atrae.

En este caso, “Niñato” representa al sabor amargo. Es una película que pareciera no tener razón de ser mas que mostrar la vida de un MC under que tiene que equilibrar su vida entre fumar porro y criar a tres niños. Eternas escenas sobre como los niños se despiertan, se visten y los berrinches que van sufriendo, momentos muertos donde nada se está contando realmente. Insistencia en elementos que hacen al personaje principal aún menos cercano y una forma de vida que, de a varios momentos, genera indignación.

Uno entiende que cada persona debería seguir sus sueños y luchar por ellos. Pero lo que se ve en este film, además del fastidio que me generó hacerlo, es que la cámara pareciera estar tan perdida como el personaje principal. No hay meta, finalidad, lugar a donde llegar. No hay nada. Más que momentos tiernos de los niños que nos sacan varias sonrisas, el personaje tan inmaduro del protagonista agota con su eterna apatía, y ni siquiera la representación de sus propios conflictos en los niños que cría ayuda a encontrarle un “por que?” a esta película.

Algunas de estas piezas que de forma inentendible terminan formando parte de la Competencia Oficial Internacional del BAFICI 19 y en competencias de varios otros festivales.

JULIÁN NASSIF

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