DUNKIRK

Un regalo para el cinéfilo.

Christopher Nolan despliega su encanto cinematográfico en una obra que se acerca al mejor falso documental que jamás haya existido. Y me refiero así a este film porque por más que haya grandísimos actores interpretando a variados personajes, en ningún momento se intenta ejercer un desarrollo de los mismos ni ningún tipo de identificación o provocación de simpatía para con el espectador.

La película descubre un pequeño lapso de la Segunda Guerra Mundial que fue clave en el desarrollo de la misma y que podría haber cambiado la historia del mundo actual que conocemos si se hubiera dado de otra forma.

Son 106 minutos de pietaje (más que nunca el término es el correcto ya que es uno de los pocos que insiste con la belleza y gloria de realizar sus películas en fílmico) que abarcan una tensión imperturbable, repleta de tomas aéreas nunca antes vistas, desarrolladas con una calidad y sensibilidad técnica inigualable que logra explotar los colores y las profundidades de campo de un soporte abandonado con una expresividad arrolladora.

Los detractores de este film se basan en la falta de identificación de los personajes y de un desarrollo dramático pobre entre las interacciones interpersonales, dejando de lado que la obra no pretende llevar acabo aquello pretendido, sino que busca una variante al cine bélico. No cae en ningún lugar común de los que suelen sucederse y repetirse en este tipo de cine porque parece afrontar el relato con una visión documentalista.

Porque todas esas imágenes espectaculares que Nolan nos regala conjugan en un racconto donde la tensión dramática sucede por los hechos en sí y no por como repercuten aquellos según la naturaleza de los personajes.

En una estructura de torta donde cada porción representaría un fragmento temporal y un punto de vista particular que se unen para formar el todo logrando que el espectador ate cada punto de los lapsos y los conjugue en una historia con principio, nudo y desenlace, Nolan vuelve hacer pie y afirmar su talento no solo a nivel visual, sino que también, a igual escala, el sonoro, aportando un diseño que apoya la tensión de este “pseudo thriller” con elementos tan simples como el sonido de un reloj que nos acosa durante casi todo el film, mezclado con explosiones puntuales y tiros de una calidad y expresividad sonora que nos hacen explotar la cabeza.

Para coronar lo ya comentado, tenemos a Hans Zimmer, que una vez más glorifica una película con su música espectacular reducida a una composición más “pequeña” que en otros casos pero proporcionalmente inversa en su sensibilidad y expresión.

En una película que seguramente dividirá aguas, como así siempre sucede con este director, Nolan parece dirigirse aquellos que sentimos que cada minuto en una butaca es el mejor de nuestras vidas y donde elegimos estar por sobre todo el resto de los lugares. Que apreciamos esas cosas por las cuales el autor tanto lucha y por las que se diferencia, que nos llenan de emoción y hacen rendirnos frente a sus obras, recordando que el cine aún existe y que lo análogo siempre va a superar a lo digital, porque es tangible, porque toma temperatura, porque envejece.

La destrucción también puede ser bella y la desgracia saber dulce. La frialdad de los que algunos hablan cuando se refieren al autor evidentemente no sienten la calidez de sus imágenes. No hacen falta grandes personajes cuando se logra tal relato.

No cambies nunca Christopher.

JULIÁN NASSIF

 

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