BRAD’S STATUS (Un papá singular)

Desde una mirada nostálgica por la juventud y “aquellos tiempos gloriosos vividos” Mike White lleva adelante un film que no reúne mucho más que algunas estrellas de la  comedia norteamericana y algún que otro pasaje gracioso a lo largo de 101 minutos, en donde la cálida interpretación de Ben Stiller y quien interpreta a su hijo, Austin Abrams, logran reunir momentos de una química tangible, verosímil, con admirable intimidad.

Por fuera de aquello, “Brad’s Status” no deja de revolotear la típica moraleja de valores judeocristianos que nos dejan sentirnos un poco mejor con nosotros mismos, dejando de lado el factor material para concentrarnos en las riquezas emocionales y familiares que todo “hombre común” puede tener.

Desde una aparente crisis de mediana edad, el director transcurre con aciertos esta típica historia de amor fraternal, recorriendo el laberinto de las sensaciones de envidia y competencia para relajarnos con las “pequeñas cosas de la vida.”

El personaje de Brad, interpretado por Ben Stiller, muchas veces recuerda aquel de la película “Envy” (que prácticamente retrataba lo mismo), por más que el encanto y la pericia de otros buenos interpretes que forman el elenco estén a la orden del día.

Cinematográficamente indiferente, “Brad’s Status” (Un Papá Singular), entretiene, genera sonrisas y sonrojos, identifica superficialmente y reúne los elementos para levantarse de la butaca con una suave caricia dentro de la desbocada violencia cotidiana.

JULIÁN NASSIF

 

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Una obra que se construye desde la sutileza y el silencio para alcanzar escenas de mayor despliegue que asoman con timidez, donde las sensaciones se trasmiten desde la expectación y el clima, alejándose del impacto y el golpe sonoro que tanto nos ha invadido en aspecto audiovisual.

Denis Villeneuve reúne lo mejor de sus elementos cinematográficos para crear un mundo que podría haber sido más un “spin off” de aquella icónica obra de 1982 más que una secuela per se. Partiendo del mundo Blade Runner, este film aporta una mirada similar a su precuela pero no logra (o no quiere) transmitir la opresión y la claustrofobia que Ridley Scott tan bien había logrado en la década del ochenta. Y allí está una de las cosas características destacables de aquella obra, combinaba a la perfección todas las armas del séptimo arte para generar, entre ellas, aquella tremenda transmisión sensorial.

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En este caso, Villeneuve reúne talento similar pero para dar una percepción distinta. Ya sea por una iluminación diferente, por relatar muchos eventos durante la “luz día”, por su variante banda sonora y por el desarrollo de personajes más introvertidos, distantes y deshumanizados, el film alcanza, en ciertos pasajes, aquellos memorables momentos cinematográficos que habían quedado en nuestras retinas por más de tres décadas, pero, a su vez, se aleja de aquellos al imprimir un mundo posterior, igual de apocalíptico, pero con distancias humanas en cuanto al “sector” replicante. En el ochenta y dos, los replicantes empataban sus valores con los humanos, aquí tenemos personajes de un frialdad y una contundencia diferente.

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Entre la lluvia que azota el film, van a caer gotas de Star Wars y Terminator, es inevitable no caer en esos lugares al tocar estas temáticas, pero luego aparece la esencia de Villeneuve, en aquellos planos contemplativos y expectantes que, mezclados con secuencias en lugares un tanto caprichosos pero estéticamente invaluables, explotan la trama de la poesía y la metáfora.

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Nuevamente arriba una entrega de un contenido con un profundo tratamiento de cierta antropología filosófica que, en los momentos que logra escapar de algunos lugares comunes y estereotipados, nos transmite lo más puro del cine y, aunque extrañemos a Vangelis, nos hace viajar en el tiempo para seguir manteniendo aquella dualidad sobre el gris de la autodeterminación carnal y la humanización tecnológica.

JULIAN NASSIF 

 

ZAMA

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No resta mucho por sumar a todo lo que se ha dicho de esta película. Glorificada por doquier, tanto la obra como su autora, el film recorre la novela de Antonio Di Benedetto de forma climática y sensorial, en la que un funcionario americano de la Corona Española anhela su traslado de ciudad, revolviendo ilusiones que nunca se vuelven realidad.

Aquel febril camino sinuoso entre la ilusión y la desesperanza desemboca en otra denuncia más de la inutilidad azarosa de la burocracia y de la necesidad de un escape frente a la opresión de la rutina y la injusticia.

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De pinceladas preciosas y pasajes visualmente poéticos, Zama contiene una fotografía exquisita digna del inconmensurable diseño de producción que incluye, baluarte esencial de su pre candidatura al Oscar como Mejor Película de habla extranjera, acompañado de un diseño sonoro excluyente, donde en muchos pasares nos recuerda algún tipo de cine latinoamericano de la década del sesenta y setenta.

De característica mágica pero a su vez tangible, logra explotar los sentidos y generar un ritmo expectante, donde en su redundancia expresa la claustrofobia impotente de su protagonista, interpretado por un preciso Daniel Giménez Cacho, que en su camino no logra siquiera el éxito carnal que tanto reclama.

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De la poesía a una creciente explicitud, el film relata la impotencia de un deseo que nunca arriba, en la mutación y flexibilidad del hombre frente a las decepciones, Zama reafirma sus valores, inclusive frente a total frustración, brindando la otra mejilla aún hasta en su desmembramiento.

En un trayecto histórico de suma impotencia e injusticia, la aberración también toca la puerta del imperialismo.

JULIÁN NASSIF

 

MOTHER! – “¡Madre!”

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Darren Aronofsky se comió a Gaspar Noé

La primera hora de film disfrutamos de una historia que desborda de intriga y misterio. Una puesta de cámara que se centra en la protagonista, interpretada por Jennifer Lawrence, que recorre y descubre, repetidamente, todos los rincones de un caserón espectacular que será la única locación del film (al menos eso busca aparentar). La capacidad magnética de la belleza y el talento de la actriz se complementan con la instrucción y oficio de Aronofsky para retratar una obra absolutamente claustrofóbica, basándose en un seguimiento constante de una cámara en mano, apuntalada en el personaje de la protagonista, que va a permitir ver (y no ver) todo aquello que ella transcurra.

Los roles secundarios de Ed Harris y Michelle Pfeiffer (a los cuales celebramos disfrutar desde el primer segundo en pantalla) aportan el volumen más grande de intriga en una seguidilla de acontecimientos que desesperan y que nos hacen cuestionar el por qué y el cómo de las relaciones entre los personajes. Javier Bardem redondea este elenco que conoce transmitir a la perfección todo el trayecto de la obra, inclusive en el segundo tramo del film, donde la película derrapa de manera impulsiva.

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Todo aquello que resultaba interesante desde la realización y desde el argumento, aquellas incógnitas y espacios mágicos que lindaban entre lo onírico y lo lisérgico, desaparecen en un lapso de inmundicia plena que explicita las miserias humanas pero aún más, el mal gusto del director, quien recae en pasajes de una violencia atroz, incluyendo desde una golpiza a una mujer, desmembramiento y mutilaciones hasta el asesinato de un bebé.

Repleta de alegorías bíblicas, pareciera haber un recorrido caprichoso del realizador donde expresa toda su impotencia por el estado actual del mundo y la atrocidad del ser humano, haciendo agua en la elección del tono, aunque haciendo pié en una personificación de la madre naturaleza y en una casa que funciona como metáfora o simetría del planeta tierra.

Dividendo aguas, encontrará lugares amigables y hostiles brotando de una elección de un tono y una necesidad por lo explícito que aleja, no solo a gran parte de la audiencia, sino así también, a la propia obra de una de sus partes, pareciendo ambas mitades, dos partes inconexas, respondiendo a dos estilos completamente opuestos e inorgánicos.

JULIÁN NASSIF

 

 

WIND RIVER – “Viento Salvaje”

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Taylor Sheridan venía ya aportando cierto tono crítico con lo que respecta a diferentes conflictos sociales de Estados Unidos y apuntaba, en más de un caso, al cuestionamiento del sistema financiero y económico de la agrupación de estados del norte americano en previos films que escribió, como por ejemplo “Hell Or High Water”, el cual le significó cuatro nominaciones al Oscar 2016.

En este caso, “Wind River” acompaña ese camino pero se concentra en el conflicto entre el estado y los pueblos originarios de aquellas tierras, haciendo foco en el desplazamiento territorial de aquellos y en la discriminación y segregación sufrida a lo largo de los siglos, un tema del que casi nunca escuchamos hablar, menos que menos, en el cine comercial de las grandes cadenas exhibidoras.

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Utilizando aquel conflicto dentro de la diégesis y apuntalando una de las subtramas del film en aquello, Sheridan desarrolla un policial que se destaca más por la elección de locaciones y el clima generado por el hostil carácter meteorológico de aquellos despampanantes paisajes que por el núcleo dramático en sí, el cual se ve perjudicado por una historia que se resuelve de imprevisto sin lograr generar o compartir el desarrollo de la tensión que el cine clásico, al cual apela la obra, acostumbra desarrollar.

Concentrado en el personaje de Cory Lambert, interpretado por Jeremy Renner, un cazador y rastreador que actúa en “beneficio de la comunidad”, el cual ha pasado y sufre por el profundo dolor de la pérdida, la obra se va relatando entorno al bello escenario natural y al camino físico que recorre el protagonista, el cual trabaja como simetría del núcleo dramático, donde en la altura de las montañas se encuentra la redención y, camino abajo, las más profundas miserias, que revelan que por más bello y aislado sea lo que rodea, la distorsión y la perversión es interior.

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Haciendo pié en una placa final que intenta reforzar la denuncia social del film, la película deja un gusto agridulce, donde reina una sensación inconclusa que bachea el argumento y genera una incomodidad frente a la resolución apresurada del conflicto.

Desde el punto de vista técnico, el film desborda, con una realización precisa en ambientes tan hostiles para el cine como lo son las grandes cadenas montañosas rodeadas de nieve, situaciones muy complejas de exponer técnicamente, por más que la imposición del digital haya traído ciertas facilidades en ese aspecto. Sonoramente, quien conozca tierras similares, celebrará la precisión de lo retratado y cómo aquello funciona a la perfección para abrazar al argumento.

JULIÁN NASSIF

 

 

IT

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Según algunos, existen dos formas de ver las cosas. Están aquellos que admiran la flor en el muro y ven “florecer la nazuna en la cerca” (BASHO) y aquellos que la arrancan: “…te corté de las grietas. Te tomo, con raíces y todo, en la mano” (TENNYSON).

Andy Muschietti la arranca y la toma en su mano y, por más que siendo occidental sería lo que uno supondría que haría, existía cierta esperanza de que podía llegar a sentarse admirar la obra de 1990 y traer algo “aggiornado” pero en la misma tónica del pasado.

Aquellos que leyeron la novela hablan de una fidelidad destacada, una justeza agradable en su adaptación. Pero el problema con la antigua “IT” (en realidad una miniserie en dos capítulos que veíamos continuos en la edición en VHS) es la huella psicológica que dejó en casi toda persona que haya sido un infante a comienzos de la década del noventa. Imágenes imborrables de nuestras mentes son las que se mantuvieron durante 27 años y las que chocan constantemente cuando observamos esta remake que aparenta tener buenas intenciones pero se queda acelerando en primera.

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Las comparaciones son odiosas, por ende, resulta complicado entender el por que de esta obra, mas allá de la oportunidad de mantener la máquina de hacer chorizos funcionando… y facturando.

El punto fuerte de este film es la óptica “coming of age” que eligieron para desarrollarlo, en una especie de Stranger Things de larga duración (su protagonista Finn Wolfhard actúa en el film y es imposible despegarlo de aquella serie, más aún, cuando esta película, también, sucede en la década del ochenta) logra destacar aquellos momentos donde reina la amistad y la dulzura de la devoción infantil.

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Por fuera de aquello, “IT” recae una y otra vez en el abuso de la repetición de los recursos del genero que ya producen fastidio, como lo es el sonido repentino e impactante, la aparición imprevista de personajes, los claros oscuros y el uso de CGI que siempre resulta tan artificial y abnegado.

Las repetitivas apariciones de Pennywise le quitan el suspenso y encanto al personaje y lo alejan muchísimo de aquel interpretado por Tim Curry (al cual esta versión 2017 no le mueve ni un pelo), volviéndolo un personaje slasher y alejándolo, aún más, de aquel que taladró nuestra psiquis en la niñez.

La utilización de tanto humor y chiste fácil como descompresor, luego de los pocos instantes que generan cierto nerviosismo, funciona para llenar la sala y para que el público ría al unísono, pero la vuelve completamente predecible e ineficaz a la hora de transmitir la perversidad que la obra del noventa generaba.

 En un año donde varias películas han sido innecesarias, “IT” no es la excepción a la regla. Algunas cosas es mejor dejarlas donde estaban. No hace falta manosear el arcón de los recuerdos. Con que se mantengan resguardados allí alcanza.

JULIÁN NASSIF

 

TEMPORADA DE CAZA

Al inicio lo primero que se viene a la mente es “ufff, otra película de un cheto de la FUC. Esa sensación permanece durante parte del film, para luego irnos ganando de a poco hasta meternos en una historia donde cierta sensibilidad sobre los vínculos se denuncia.

Algunos se preguntan: ¿Para que los rugbiers? ¿Para que el colegio privado y las chicas jugando al hockey? ¿Por que el protagonista es un pibito porteño “bien”? (por más que el colegio sea de Lomas de Zamora y nunca sea explicita la referencia a la Capital Federal). ¿Por que se eligió San Martín de Los Andes en vez de otros pueblos del sur con poblaciones de menor poder adquisitivo y lo mismos paisajes? Quizás es porque sí. Porque sí a todo. Y quizás eso es una de las cosas buenas y malas del film.

El marco de los paisajes espectaculares de San Martín de los Andes y otros sectores de la Patagonia norte y la región de los lagos es una elección que al ojo va a complacer. El clima hostil de aquella zona también funcionará como a un ambiente difícil de adaptarse, que le viene como anillo al dedo al recorrido dramático del personaje principal y de la historia.

Los clichés y los estereotipos que la obra plantea están bien definidos y precisamente caracterizados. Representando de forma fiel a los sectores acomodados de la Provincia de Buenos Aires como así también al “clase media” del sur que vive en la montaña con calefacción a leña, cinco hijos y una bella y rubia esposa. Dentro de todas estas particularidades, la realizadora Natalia Garagiola parece tener conocimiento de los mundos que retrata aunque tan estereotipados se aparentan.

El camino de reencuentro de un hijo, quien acaba de perder a su madre, con su padre, quien hace largo tiempo no aparece y se refugia junto a su nueva familia en el sur, se ve plasmado de manera afilada, observante, paciente y pujante en una película que combina la belleza natural, lo tangible, lo físico y lo animal, con el ajustado ojo de Fernando Lockett, (quien ya ha demostrado grandes valores al fotografiar espacios naturales), aportando a esta historia una fotografía excepcional y sumamente expresiva.

“Temporada de caza” te va comprando de a poco. Te hace entrar con una degustación y te sienta a la mesa para seguir bebiendo toda la noche. Así como acerca tantos bellos recuerdos de aquellas tierras descomunales.

JULIÁN NASSIF 

 

ESPACIO FESTIVAL DE CINE ALEMÁN 17 – “WILLKOMMEN BEI DEN HARTMANNS” (Bienvenido a la casa de los Hartmann) –

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Desde dos vértices muy distantes se puede apreciar, o menospreciar, esta película dirigida por Simon Verhoeven que se presentó como uno de los films mas importantes partícipes de esta edición de tan preciado festival.

Por un lado, podríamos asegurar que Verhoeven reúne lo más banal de los realizadores autóctonos Winograd y Taratuto, cayendo en una superficialidad total al momento de tratar un tema tan delicado como lo es el de los refugiados en Alemania (y en toda Europa), que incluye un abanico de estereotipos saltando, constantemente, entre el chiste fácil (que a veces logra hacernos sonreír) y lo insoportable.

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Pero por otro, mientras que el cerebro busca de forma desesperada razones para comprender esta obra, empezamos a sospechar si no estamos frente a un humor tan negro y particular donde todo aquella tipicidad funciona en servicio de la narrativa de manera adrede, y recalca en lo mas perverso, rescatando el lado sarcástico de cada uno para impregnarlo en una especie de “Scary Movie” de la realidad inmigrante actual europea.

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De cualquier modo, uno podría hablar de cierta irresponsabilidad en su realización que, dentro de un oficio técnico impecable, abona a una historia demasiado superficial como para ser tomada en serio. De la cual uno espera que sea algún guiño alemán desconocido para un argentino, parte de algún humor alemán “for export”, buscando demostrar que aquellos son iguales al resto y no tan fríos y distantes como suelen ser retratados.

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El cine europeo sigue demostrando en los últimos tiempos que, después de haber invadido, colonizado y haberse exiliado en todas partes del mundo, el temita este de que personas del tercer mundo se les vengan encima los tiene bastante preocupados.

JULIÁN NASSIF 

 

 

 

 

HEDI (La Amante)

La Primavera Árabe parecería ser la continencia económico social que abraza al nuevo film de Mohamed Ben Attia, aunque, a lo largo del mismo, todo aquello que podría haber sido de una gran aporte narrativo, dramático y cultural se vea sumamente diluido y devenga en una historia ahogada de la “tipicidad” del melodrama clásico.

Y es que, justamente, lo que veremos en el film no será más que la historia que uno imagina cuando lee un título de tales características. Inmersa, mayormente, en la ciudad de Mahdia, recorre unos pocos días de la vida de Hedi, interpretado por Majd Mastoura, un joven trabajador de la industria automotriz que lucha su paga en el duro camino de la venta de automóviles en un país (sino es una cuestión mundial) de sobre stock y baja demanda, a pocos días de casarse con su joven y bella novia. Enviado por su jefe aquella ciudad, Hedi descubrirá en su soledad a una simpática, libre y bella Rym, interpretada por Rym Ben Messaoud, quien pasa a ser integrante del típico triangulo amoroso que el título del film denuncia.

En el camino de la historia, la obra aportará elementos muy vinculados a la cultura autóctona de Túnez, que se verán contrastados, de manera sutil, con aquellas “libertades” de las personas que trabajan viajando, recorriendo el mundo y aquellos “micro climas” que suelen desarrollarse en los complejos turísticos hoteleros.

Aquellos condimentos podrían haber sazonado un plato con cierta mirada socio-política afilada y profunda, aunque terminará deviniendo en un servicio soso, aparente “for export”, redundante, en una historia demasiado convencional para llegar a tocar algún nervio.

Sumado a una puesta que hoy en día ya resulta repetida, aquella cámara en mano que persigue a los personajes, fragmentando y movilizando todo sobre un ritmo dilatado, la obra parecería más acentuar una realización perezosa, virus que a muchos realizadores parecen haber contraído con la llegada del soporte digital de alta calidad, llevando lo que muchas veces es una elección estética a recaer en apatía.

Una gran oportunidad de plasmar la disyuntiva entre formas y estilos de vida a través de estas “dos mujeres”, la impuesta y la anhelada, que se paraliza, así como su argumento, en algo insulso y desganado.

JULIÁN NASSIF

 

THE DARK TOWER (La torre oscura)

Guiones, directores, estudios y productoras pasaron a lo largo de más de una década para que, finalmente, una de las obras más grandes y queridas de Stephen King, sea adaptada y llevada a la pantalla grande de una forma tan paupérrima, desastrosa y lamentable.

J.J. Abrams y Ron Howard pasaron por esta picadora de carne hasta que Nikolaj Arcel llegó para convertir una de las adaptaciones literarias más esperadas de la ciencia ficción en una demostración absoluta de la repetición de recursos limitados ajenos y de una pobre pericia en el desarrollo, tanto dramático como técnico, en una película que dan ganas de gritar lo horripilante que significa cada minuto de su pietaje.

Inclusive, logra que Matthew McCounaughey parezca un perdido actor de cuarta que no puede interpretar a esta especie de Neo malvado mezclado con David Copperfield, en una obra que tiene hasta la mezcla sonora errada.

Repleta de estereotipos estúpidos y adaptada para que cierre en el mundo “Disney” adolescente, un film que tenía planeada dos entregas más y una serie televisiva para poder contar el contenido de tan extensos libros, redunda en una seguidilla de imágenes donde uno esta pidiendo por favor que culmine.

Nada, pero absolutamente nada es rescatable en este film repleto de errores, dentro de una deplorable puesta que pareciera ser realizada por algún curso de medios de alguna escuela secundaria llevada a cabo por estudiantes apáticos con resaca post viaje de egresados.

Walter (Matthew McConaughey) in Columbia Pictures’ THE DARK TOWER.

Habiendo leído o no la novela de King, la sensación es la misma: ni todos sus millones de dólares deben poder apagar el incendio interior  que la úlcera que es este film le debe haber generado. 

JULIÁN NASSIF