STAR WARS: THE LAST JEDI

Estamos frente a una nueva entrega de la máquina de hacer chorizos que Disney cada vez pone más esmero en afinar. Con la compra de Lucasfilm el gigante del ratón se aseguró estirar, parecería que hasta el infinito, las precuelas, secuelas y todo tipo de cuelas imaginables del mundo creado (y un tanto robado) por George Lucas.

Con la compra en estos días de la 21st Century Fox, los fabricantes de las fantasías hipócritas para niños terminan de consolidar un pulpo multi media que monopoliza una grandísima parte de la producción audiovisual, tanto sea de ficción, documental, deportiva, televisiva, online, etc.

Luego de un Episodio VII que supero ampliamente mis espectativas, convirtiéndose en una de mis preferidas dentro de la saga, y una reivindicación, a mi percepción, de J.J. Abrams como realizador, después del fraude de la serie Lost, Episodio VIII, de la mano de Rian Johnson, repite la fórmula de su antecesora (básicamente copiando exahustivamente las estructuras narrativas y dramáticas de las películas más antiguas) y vuelve a tener, no solo éxito, eso ya se lo garantiza el insoportable marketing, sino que un gran acierto a nivel realización. 

Johnson se las ingenia para utilizar aquellos elementos ya elaborados en las entregas más modernas de la saga y amalgamarlos de la mejor manera que se ha logrado hasta la fecha dentro de aquella “galaxia”. La calidad del CGI y la interacción entre aquel y el Live Action llega a una cumbre técnica (y dramática), logrando mundos un tanto más “accesibles” a la vista, con criaturas un poco más tangibles y “cercanas”, que interactuan con los personajes, en donde nos preguntamos como es que Mark Hamill no tuvo una carrera más exitosa; y me refiero a él porque, claramente, es el mejor intérprete del film junto a Daisy Ridley (quien interpreta a la joven Ray).

¿Que le queda al resto se preguntarán? La verdad que poco, al menos en lo que tiene que ver con la felixibilidad y despliege dramático. Quizás no sea culpa de los actores, quizás sea un problema de la construcción de ciertos personajes que están mal desde la partida. Me cuesta pensar en que sea responsabilidad de Adam Driver. Me sugiere que el problema está en su personaje, casi de un niño caprichoso, que carece completamente de matices, lo que le juega en contra ya que su conflicto interno es alrededor de lo que pretender ahondar estos dos últimos films.

Quizás el último film donde veremos a Carrie Fisher actuar y no ser una animación computada (como seguramente lo será en el Episodio IX, el que , supuestamente, culmina esta saga, aunque continuarán los “spin off” e historias paralelas) es aquel que mejor dosificada y realizada tiene sus secuencias de acción, con una puesta de cámara dinámica que no basa su movimiento en los fondos animados, sino que se esmera en recorrer las acciones.

Acaso la duración el film sea un poco extensa y la estructura un tanto repetitiva, los espectadores serán carne de cañon de este mega tanque que no parece tener horizonte aunque sí extraña, de a pasajes, aquella nostalgia que nos transmitía el episodio anterior con los vestigios del viejo imperio y de aquellos “buenos viejos tiempos”. 

JULIÁN NASSIF 

 

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BATTLE OF THE SEXES

La lucha por la igualdad de género reina en una película que, basada en hechos reales, acerca en el tiempo uno de los eventos deportivos más importantes en el largo camino de la equidad de derechos que la mujer atraviesa desde hace tantas décadas.

La competencia tenística más exorbitante en mucho tiempo se convierte en un suceso fundamental por los derechos de las mujeres, al menos, en los Estados Unidos, convirtiéndose en una de aquellas bisagras que funcionan como un peldaño escalado más en la evolución social.

Billie Jane King, interpretada por Emma Stone, la tenista número uno del circuito de tenis internacional  en el año 1973, promueve la creación de una nueva asociación en búsqueda del reconocimiento económico y deportivo de una liga que disminuía y vulgarizaba al tenis femenino. En su camino, aparece Bobby Riggs, interpretado por Steve Carell, ex número uno del circuito que ya promedia los 55 años, con la intención de lograr un económicamente exitoso duelo bajo las consignas machistas que impulsarían aquella batalla de los sexos, donde ciertos pseudo valores y construcciones sociales embaten contra la mujer.

El evento fue y es ampliamente conocido y tanto para los distraídos que no están al tanto de aquellos sucesos como para los conocedores de los mismos, el film logra retratarlos de una manera atractiva y expectante que, inclusive conociendo el desenlace, rescata las tensiones, resultando una obra que logra mantener el interés hasta el final.

Es real que el racconto está un tanto diluido y que varios pasajes resultan invadidos por cierto romanticismo, con personajes que han sido lavados para generar mayor empatía y lograr la identificación necesaria, pero así también logra una puesta de muy corta profundidad de campo, una dirección de arte que respeta las paletas de colores de la época, reconstruyendo las locaciones de manera pintoresca donde Jonathan Dayton y Valerie Faris logran un film que comunica la esencia del conflicto, y que, a pesar de ciertos matices edulcorados, funciona como un apoyo para momentos tan difíciles donde aquellos avances sobre la igualdad de derechos y conquistas sociales parecen estar denigrados.

JULIÁN NASSIF

AK-NYEO (La Villana)

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Desde una subjetiva que hace recordar directamente a Hardcore Henry de Ilya Naishuller, Byung-gil Jung comienza el film con una seguidilla de enfrentamientos y muertes cuerpo a cuerpo con cuchillos, hachas y demás objetos contundentes, todo visto desde los ojos de la protagonista, que ejecuta un vertiginoso raid de violencia donde toma la vida de gran cantidad de villanos mientras recorre cada uno de los recovecos de un edificio.

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Hasta ahí, adrenalina y una pintoresca forma de retratar una secuencia que encuentra pocas referencias en el mundo cinematográfico. De ahí en más, el film comienza a decaer. Redundando lugares comunes y estereotipados que recuerdan demasiado a demasiadas películas, valga la redundancia, la obra pierde soporte y se zambulle en una historia de venganza aburrida, que por fuera de los momentos de extrema violencia, que están bien retratados y tienen los toques del cine coreano que tanto nos gusta, se engolosina con una historia de amor ridícula, actuaciones deformes y elementos que se acercan demasiado al cine clase B, pero sin siquiera serle fieles. En películas de aquel estilo, uno sabe que va a observar algunas cosas bizarras y ridículas pero que son parte del género. “Esta bien” que así sean. En el caso de esta película, nos queda la sensación de que es demasiado pretenciosa en varios aspectos.

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Al acercarse tanto al cine occidental, pareciera “no darle el piné” para desarrollar el film de la forma en que anhela hacerlo, lo que genera que todo se tiña de ridiculez. Hay un gran ingenio para una puesta de cámara que busca novedades y que desarrolla pasajes interesantes, pero también sucede que la calidad del soporte queda un poco por debajo de la vara para el cine actual y sus recursos, así como para lo que uno espera en una película de acción de este estilo.

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El cine coreano ya ha brindado incontables obras maestras en lo que se refiere al género de acción y de tantos otros, por eso cuando uno se sienta a disfrutar algo así espera cierta superación. En este caso, la estética se parece demasiado a la de las cámaras Go Pro (en varias oportunidades) y las ópticas gran angulares constantes sin intercalarse con otros tiros de cámara producen extrañeza.

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Querer copiar a tantas películas en vez de buscar la originalidad que tanto abunda en aquel cine pareciera jugarle en contra a una obra que de a varios momentos aburre y se dilata.

JULIÁN NASSIF

 

DESAPARECIDO

Apenas inicia el film recordé a una simpática película que veía de chico en donde Charlie Sheen era perseguido, junto a una bella mujer de cabellos dorados (Kristy Swanson), por la policía a través de una seguidilla de autopistas estadounidenses (The Chase).

Habiendo aparecido aquel recuerdo, volver a ver algo similar 23 años después parecía ser algo ameno, aún cuando el trailer de Kidnap estaba circulando por los cines hace meses, y no en el tono de un tanque multinacional, sino, más bien, el de una película que necesitaba muchísimo de publicidad para que alguien la viera.

Minutos más tarde, cuando comienza a pasar lo que ya sabíamos que iba a suceder (a la protagonista le secuestran al hijo y comienza una intensa persecución que durará casi toda la película), mi mueca socarrona comienza a decrecer, transformándose en seriedad, para luego inmiscuirse el labio inferior entre mis dientes superiores al observar tal seguidilla de situaciones ridículas y estúpidas.

Ni Halle Berry logra salvar tamaño absurdo en un film que agota el recurso a la media hora de película y que se retuerce entre actuaciones paupérrimas (en donde uno no entiende si algunos personajes no hablan porque están contratados solo para hacer un bolo) y la repetición berreta de cantidad de lugares comunes que otras obras han sabido utilizar.

Todo en esta seguidilla de imágenes amorfas es una vergüenza, un insulto al espectador y a su bolsillo. No se entiende que quiso hacer Luis Prieto, quien lo único que logra realizar con cierta altura es una correcta puesta de cámara en el primer tramo de película, logrando generar dinamismo en un espacio difícil, como lo es una autopista.

Habiendo tanta película que no tiene lugar donde proyectarse, parece un abuso que semejante hez logre exhibirse en todas las cadenas comerciales. Para lo único que podría llegar a servir es para demostrar, una vez más, el sistema de carreteras de Estados Unidos y sus hermosos paisajes.

JULIÁN NASSIF

 

AMERICAN MADE – “Barry Seal, solo en américa”

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Ya hasta nosotros, simples mortales comunes y ordinarios, sabemos que cualquier relato sobre un gran narco, particularmente si es sudamericano, va a garpar, y mucho. Tanto, que todas los monstruos del streaming audiovisual no paran de sacar serie tras serie basada en esta temática y no aparece en el horizonte ninguna intención de discontinuar aquello.

A simple vista podría ser una película que uno descarte automáticamente o que decida, de la misma forma, asistir para una buena dosis de pochoclo. Debo asentar mi agradecimiento a que esto no es del todo así. La película sí relata el ascenso y caída de un personaje que se vincula con algunos de los narcos mas importantes del mundo en la década del 80. Pero hay algunas cosas bastante interesantes en ello.

American Made (2017)

Primero, que al estar basado sobre una persona que realmente existió y en hechos que realmente formaron parte de la historia, le agrega un ingrediente extra (si lo sabrá Hollywood que últimamente no hay película, prácticamente, que no este realizada de esa forma). Segundo, la historia verídica es tan inverosímil que hace que todo lo que suceda lo recibamos con la mandíbula por el suelo.

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Por más que su director, Doug Liman, haya reconocido haber agregado muchos retoques de ficción, cada minuto de la vida de Barry nos resulta fascinante y emocionante. De la monotonía rutinaria de un piloto comercial, Seal salta hacia el peligro y la desfachatez al vincularse con la CIA, los narcos colombianos más conocidos y la Casa Blanca, todo al a misma a la vez. En esta triangulación que resultaría inverosímil hasta para James Bond, Tom Cruise rescata el tipo de personajes que durante un tiempo había olvidado y que tan bien había aprendido a construir en Jerry Maguire, para interpretar a un padre de familia que, en su afán de adrenalina y emoción, se arroja al vacío sin pensar. Lo más interesante, es que la interpretación no es como en aquellos acostumbrados personajes de acción, sino que esta humanizado y, a la vez, simplificado. Su accionar es “infantil” e inescrupuloso, lo que funciona a la perfección para la identificación necesaria con el protagonista y para que todo aquello con lo que él se mezcle, por más oscuro que sea, resulte un juego.

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Aquello, intercalado con un montaje que de a pasajes recuerda al mejor Oliver Stone, una puesta de cámara en mano atípica, sumado a la espectacularidad de las tomas aéreas, que en su mayoría fueron realizadas en Live Action, sin la utilización de tanto efecto especial, y la participación del propio Cruise como piloto de aquellos vuelos, redondean un paquete que despide a Maverick y recibe con brazos abiertos a esta nueva y cálida versión 2017.

No hay reflexiones, ni moralejas o políticas correctas. Esto es un padre de familia yendo a cien mil por hora en búsqueda de emociones fuertes y dinero, destapando, en su recorrido, la putrefacción institucional y la destrucción total de ciertos valores morales, en búsqueda del interminable ascenso del ego y del eros legislativo.

JULIÁN NASSIF

 

TE ESPERARÉ

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Repleta de lugares comunes y personajes estereotipados, Alberto Lecchi erra tanto en su relato que hasta el vestuario de Darío Grandinetti está pifiado en talle. Una historia que pretende revelar los sentimientos y sensaciones duales de ciertas personas “hijos de” o “familiares de” alguna figura socio política combativa, descendidos de figuras revolucionarias y/o en búsqueda de la transformación social.

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La negación y la admiración de esta familia por su pasado los lleva atravesar enfrentamientos y peligros que son absolutamente factibles en la vida real, pero quedan retratados de tono tan infantil y absurdo que el espectador varía entre la risa y la indignación.

La llegada de un escritor español a la Argentina para presentar otro tomo de su libro sobre un luchador social que atravesó varios procesos revolucionarios socialistas en diferentes partes del mundo, sirve como excusa para comenzar a saber sobre aquel personaje y así encontrar los debates y reacciones familiares que intentan plantear las “diferentes miradas” sobre aquellos procesos, rebotando de frase hecha al planteo berreta del inconsciente colectivo de la sociedad argentina actual.

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Rozando temas tan candentes y dolorosos, el intento de Lecchi por abarcar las relaciones padre/hijo y su consecuente admiración/rechazo recae en una seguidilla de momentos estúpidos, irrespetuosos e inverosímiles que parecieran mezclar un thriller de muy poca monta con alguna especie de cronología socio política decadente, digna de la “consciencia social” de Netflix.

Julián Nassif

 

THE BEGUILED – El Seductor (2017)

Un soldado confederado que yace herido bajo la copa de un árbol durante la Guerra de Secesión es encontrado por una niña en los alrededores de una institución educativa para mujeres, habitada por pocas debido aquel conflicto civil desarrollado entre 1861 y 1865 en tierras estadounidenses.

La presencia del hombre, interpretado por Colin Farrell, despierta distintos tipos de sensaciones y reacciones según las edades, predominando las relacionadas a la sexualidad, tanto a su falencia, ausencia o descubrimiento.

Nicole Kidman, Elle Fanning y Kristen Dunst (entre otras), interpretan a los electrones que deambulan alrededor de un átomo (si se me permite esta analogía), en una historia que desborda de tensión sexual mezclando el “coming of age” con un intento de thriller psicológico fallido, que sí logra retratar de forma convincente y sensible la adolescencia y el despertar sexual (como la mayoría de la obra de la directora).

Con una fotografía que, de a momentos, pareciera querer emular a la genial Barry Lyndon, aparentando (en este caso) usar fuentes naturales de iluminación y velas, el film peca de una oscuridad no intencional en donde nos preguntamos todo el tiempo si el fotómetro estaba descalibrado o si la lámpara del proyector del cine necesita recambio (perfectamente podría ser lo segundo ya que las salas de cine, inclusive aquellas que cobran fortunas por asistir y que no respetan ningún tipo de índice inflacionario, tienen graves problemas técnicos a la hora de la proyección).

“The Beguiled” carece de aporte tanto desde lo narrativo como desde lo cinematográfico, y suma una duda más en aquel debate interno que algunos se nos da de si las películas de Sofía Coppola tienen una mirada expectante, sensible y auspiciante que denuncia que aquello que se ve “existe”, o si pertenecen a una frivolidad que no dice absolutamente nada.

En época de tanta versión porno de diferentes series y films, esta completamente insulsa versión de “El Seductor” pareciera pertenecer y funcionar mejor en el mundo XXX, despejando el camino del cine dramático para la versión de 1971 protagonizada por Clint Eastwood.

JULIÁN NASSIF

 

BRAD’S STATUS (Un papá singular)

Desde una mirada nostálgica por la juventud y “aquellos tiempos gloriosos vividos” Mike White lleva adelante un film que no reúne mucho más que algunas estrellas de la  comedia norteamericana y algún que otro pasaje gracioso a lo largo de 101 minutos, en donde la cálida interpretación de Ben Stiller y quien interpreta a su hijo, Austin Abrams, logran reunir momentos de una química tangible, verosímil, con admirable intimidad.

Por fuera de aquello, “Brad’s Status” no deja de revolotear la típica moraleja de valores judeocristianos que nos dejan sentirnos un poco mejor con nosotros mismos, dejando de lado el factor material para concentrarnos en las riquezas emocionales y familiares que todo “hombre común” puede tener.

Desde una aparente crisis de mediana edad, el director transcurre con aciertos esta típica historia de amor fraternal, recorriendo el laberinto de las sensaciones de envidia y competencia para relajarnos con las “pequeñas cosas de la vida.”

El personaje de Brad, interpretado por Ben Stiller, muchas veces recuerda aquel de la película “Envy” (que prácticamente retrataba lo mismo), por más que el encanto y la pericia de otros buenos interpretes que forman el elenco estén a la orden del día.

Cinematográficamente indiferente, “Brad’s Status” (Un Papá Singular), entretiene, genera sonrisas y sonrojos, identifica superficialmente y reúne los elementos para levantarse de la butaca con una suave caricia dentro de la desbocada violencia cotidiana.

JULIÁN NASSIF

 

BLADE RUNNER 2049

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Una obra que se construye desde la sutileza y el silencio para alcanzar escenas de mayor despliegue que asoman con timidez, donde las sensaciones se trasmiten desde la expectación y el clima, alejándose del impacto y el golpe sonoro que tanto nos ha invadido en aspecto audiovisual.

Denis Villeneuve reúne lo mejor de sus elementos cinematográficos para crear un mundo que podría haber sido más un “spin off” de aquella icónica obra de 1982 más que una secuela per se. Partiendo del mundo Blade Runner, este film aporta una mirada similar a su precuela pero no logra (o no quiere) transmitir la opresión y la claustrofobia que Ridley Scott tan bien había logrado en la década del ochenta. Y allí está una de las cosas características destacables de aquella obra, combinaba a la perfección todas las armas del séptimo arte para generar, entre ellas, aquella tremenda transmisión sensorial.

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En este caso, Villeneuve reúne talento similar pero para dar una percepción distinta. Ya sea por una iluminación diferente, por relatar muchos eventos durante la “luz día”, por su variante banda sonora y por el desarrollo de personajes más introvertidos, distantes y deshumanizados, el film alcanza, en ciertos pasajes, aquellos memorables momentos cinematográficos que habían quedado en nuestras retinas por más de tres décadas, pero, a su vez, se aleja de aquellos al imprimir un mundo posterior, igual de apocalíptico, pero con distancias humanas en cuanto al “sector” replicante. En el ochenta y dos, los replicantes empataban sus valores con los humanos, aquí tenemos personajes de un frialdad y una contundencia diferente.

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Entre la lluvia que azota el film, van a caer gotas de Star Wars y Terminator, es inevitable no caer en esos lugares al tocar estas temáticas, pero luego aparece la esencia de Villeneuve, en aquellos planos contemplativos y expectantes que, mezclados con secuencias en lugares un tanto caprichosos pero estéticamente invaluables, explotan la trama de la poesía y la metáfora.

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Nuevamente arriba una entrega de un contenido con un profundo tratamiento de cierta antropología filosófica que, en los momentos que logra escapar de algunos lugares comunes y estereotipados, nos transmite lo más puro del cine y, aunque extrañemos a Vangelis, nos hace viajar en el tiempo para seguir manteniendo aquella dualidad sobre el gris de la autodeterminación carnal y la humanización tecnológica.

JULIAN NASSIF 

 

ZAMA

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No resta mucho por sumar a todo lo que se ha dicho de esta película. Glorificada por doquier, tanto la obra como su autora, el film recorre la novela de Antonio Di Benedetto de forma climática y sensorial, en la que un funcionario americano de la Corona Española anhela su traslado de ciudad, revolviendo ilusiones que nunca se vuelven realidad.

Aquel febril camino sinuoso entre la ilusión y la desesperanza desemboca en otra denuncia más de la inutilidad azarosa de la burocracia y de la necesidad de un escape frente a la opresión de la rutina y la injusticia.

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De pinceladas preciosas y pasajes visualmente poéticos, Zama contiene una fotografía exquisita digna del inconmensurable diseño de producción que incluye, baluarte esencial de su pre candidatura al Oscar como Mejor Película de habla extranjera, acompañado de un diseño sonoro excluyente, donde en muchos pasares nos recuerda algún tipo de cine latinoamericano de la década del sesenta y setenta.

De característica mágica pero a su vez tangible, logra explotar los sentidos y generar un ritmo expectante, donde en su redundancia expresa la claustrofobia impotente de su protagonista, interpretado por un preciso Daniel Giménez Cacho, que en su camino no logra siquiera el éxito carnal que tanto reclama.

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De la poesía a una creciente explicitud, el film relata la impotencia de un deseo que nunca arriba, en la mutación y flexibilidad del hombre frente a las decepciones, Zama reafirma sus valores, inclusive frente a total frustración, brindando la otra mejilla aún hasta en su desmembramiento.

En un trayecto histórico de suma impotencia e injusticia, la aberración también toca la puerta del imperialismo.

JULIÁN NASSIF